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Parroquia San Eduardo
Diócesis San Carlos de Bariloche - Argentina

 

“SENTIR”

El “sentir” se ha convertido en el último argumento de la autenticidad y de recto obrar: escuchamos permanentemente a la gente decir que solo va a Misa cuando lo “siente” porque no quieren ser falsos.

“Y… si lo siente… está bien” escuchamos como último argumento de moralidad de los actos.

Este “sentir” que se ha convertido en un ídolo de esta cultura, que extremado en su uso, no es conducente a la felicidad del hombre, lo animaliza.

Pero ¿podemos prescindir totalmente de lo sensible en nuestra relación con Dios? Basta ver la economía de la salvación y como eligió Dios la Encarnación del Verbo para acercarse sensiblemente a nosotros, para darnos cuenta que de ningún modo es despreciable o se puede dejar de lado, más allá de las exageraciones.

Esa experiencia personal con el Amor de Dios en la Persona de Jesús que es el Primer Anuncio, es el momento más hermoso de la vida de un hombre: sentirse amado personalmente por Dios, sentirse como transportado al seno de la Trinidad y hallarse en el vértice de amor que corre entre el Padre y el Hijo. Y todo esto en un instante, sin palabra ni reflexión alguna.

Pero ¿por qué esa insistencia en el “sentir”? ¿Es necesario realmente experimentar ese Amor de Dios? ¿No es suficiente y hasta más meritorio tener la fe? Cuando se trata del amor, el sentimiento también es Gracia: “Nosotros hemos conocido y creído en amor que Dios nos tiene” (1 Jn 4, 16). No solo hemos creído, sino que también hemos conocido y en la Biblia, conocer significa experimentar. Creer con la inteligencia y la voluntad y conocer por la experiencia es lo que nos pone en la intimidad del Amor que Dios nos tiene.

En el seno de la Trinidad, el amor del Padre se dirige al Hijo, pero no termina en él, ni se detiene, sino que a través de él se prolonga al Espíritu, así también ocurre fuera de la Trinidad. El amor de Dios viene a nosotros, pero no termina en nosotros: llega, nos atraviesa y nos impulsa a amar a nuestra vez, con el mismo amor con que él nos ama.

El amor de Dios crea el éxtasis de la salida de uno mismo. Detenernos en el primer movimiento, limitarnos a ser destinatarios del amor de Dios y no también repetidores, sería como detener el curso de un río: lo hacemos pantano.

El Jordán en su curso forma dos mares: el Mar de Galilea y el Mar Muerto. El Mar de Galilea recibe las aguas del Jordán pero las deja pasar y es un mar lleno de vida, en cambio en mar Muerto recibe las aguas del Jordán pero las retiene y es eso: un Mar de muerte, de salinas, de desierto.